Leaf Van Boven y Thomas Gilovich se propusieron poner a prueba, con datos y no solo con intuición, una pregunta que atraviesa cualquier decisión de gasto discrecional: si el dinero sobrante de un mes conviene gastarlo en algo material que se queda contigo, o en una experiencia que se termina, como un viaje o un concierto.
El experimento: encuestas, recuerdos y compras imaginadas
En dos encuestas con participantes de perfiles demográficos distintos, la mayoría identificó, al recordar sus propias compras pasadas, que las compras experienciales (viajes, salidas, entradas a espectáculos) les habían hecho más felices que las compras materiales de coste comparable. En un experimento de laboratorio posterior, se pidió a los participantes que pensaran en una compra experiencial reciente o en una compra material reciente antes de valorar su estado de ánimo: quienes habían pensado en la experiencia reportaron sentimientos más positivos que quienes habían pensado en el objeto.
Un experimento adicional añadió un matiz temporal: la ventaja de las experiencias sobre los objetos en cuanto a felicidad anticipada era más marcada cuando la persona se proyectaba a un futuro lejano que cuando pensaba en la compra desde una perspectiva cercana en el tiempo, lo que sugiere que parte del beneficio de las experiencias tiene que ver con cómo se transforman en la memoria y en la imaginación con el paso del tiempo.
El mecanismo: lo que se compra no compite contigo, se convierte en ti
Van Boven y Gilovich proponen tres razones por las que las experiencias generan más felicidad sostenida que los objetos. Primero, son más fáciles de reinterpretar de forma positiva con el tiempo (un viaje con contratiempos acaba convirtiéndose en una buena anécdota, un objeto defectuoso rara vez mejora en el recuerdo). Segundo, se comparan peor con las experiencias de otras personas, porque son menos directamente equiparables que dos objetos del mismo tipo. Tercero, tienden a vivirse en compañía, lo que las conecta con relaciones sociales que por sí solas ya predicen bienestar.
La diferencia de fondo es que un objeto material permanece separado de la identidad de quien lo compra, mientras que una experiencia se integra en la propia biografía: no tienes un viaje, en cierto sentido te conviertes, en parte, en la persona que hizo ese viaje. Esa integración con la identidad es, según los autores, el hilo común que explica por qué el mismo dinero rinde más felicidad cuando se convierte en experiencia que cuando se convierte en posesión.
«Las experiencias hacen más felices a las personas, en parte, porque se convierten en parte de quiénes somos de una forma en que los objetos rara vez lo hacen.»
Thomas Gilovich
Ante una decisión de gasto discrecional entre un objeto y una experiencia de coste similar, este estudio sugiere inclinarte por la experiencia si tu objetivo es maximizar felicidad a medio plazo, no solo satisfacción inmediata. No porque los objetos no sirvan para nada, sino porque tienden a integrarse peor en la historia que te cuentas sobre tu propia vida.