Jasmine Fardouly y su equipo querían saber si Facebook afecta al estado de ánimo y a la imagen corporal de un modo distinto al de otros medios que también exponen a estándares de apariencia, como una revista de moda. Para comprobarlo asignaron a 112 mujeres a uno de tres grupos: diez minutos navegando en su propio Facebook, diez minutos en una web de moda, o diez minutos en una web de control sin contenido relacionado con la apariencia.
El experimento: el mismo tiempo, resultados distintos
Después de los diez minutos, todas las participantes completaron medidas de estado de ánimo, insatisfacción corporal y discrepancia percibida en distintos rasgos de apariencia (peso, cara, pelo, piel). Quienes habían pasado ese tiempo en Facebook mostraron un estado de ánimo más negativo que quienes habían estado en la web de control, un patrón que no apareció con la misma claridad en el grupo de la revista de moda.
En una segunda parte del estudio, con una muestra más amplia, Fardouly encontró que un mayor uso habitual de Facebook se asociaba a mayor insatisfacción corporal, y que esa relación se explicaba, estadísticamente, por la tendencia a hacer comparaciones de apariencia, en concreto comparaciones con la gente conocida que aparece en el propio muro, no con modelos ni famosos.
El mecanismo: comparar con tus iguales pesa más que comparar con famosos
La razón por la que Facebook golpea distinto que una revista es precisamente esa: una modelo profesional se percibe como una categoría aparte, fácil de descartar como referencia poco realista. Una compañera de universidad o una prima con la que se comparte contexto real se percibe como un estándar comparable, alcanzable, y por tanto más relevante para juzgarse a uno mismo. Esa cercanía es justo lo que hace que la comparación duela más, no menos.
Ese estándar comparable llega, encima, en forma de fotos ya seleccionadas y editadas por la propia persona antes de publicarlas, de modo que la comparación es, en realidad, con la versión de sí misma que esa persona ha decidido mostrar, no con su vida real. El resultado es una comparación sistemáticamente desfavorable: una versión no editada de una misma frente a la versión más favorecida de alguien que, además, se percibe como un igual.
«No comparamos nuestra vida con la de los famosos. La comparamos con la versión editada de la vida de nuestros iguales, y eso es lo que más duele.»
Jasmine Fardouly
Si notas que una red social te deja de peor humor con tu propio aspecto, fíjate en si el detonante son cuentas de gente que conoces en persona más que de influencers o famosos. Silenciar o dejar de seguir a celebridades apenas toca este mecanismo concreto; ajustar la exposición al contenido de conocidos y compañeros es, según este estudio, donde está la palanca real.