Ethan Kross y su equipo, de la Universidad de Michigan, querían resolver algo que las encuestas retrospectivas no pueden responder bien: si usar Facebook empeora el ánimo momento a momento, o si simplemente la gente que ya está de mal humor usa más Facebook. Para eso reclutaron a 82 jóvenes con smartphone y cuenta de Facebook y los siguieron durante dos semanas, en tiempo real, sin depender de lo que recordaran después.
El experimento: un mensaje de texto cinco veces al día
Cinco veces al día, en momentos aleatorios entre las 10 de la mañana y la medianoche, los participantes recibían un mensaje de texto con un enlace a una breve encuesta: cuánto habían usado Facebook desde el último mensaje, cómo se sentían en ese momento, cuánto habían interactuado directamente con otras personas (cara a cara o por teléfono) y cuánto se preocupaban o sentían solos. Al final de las dos semanas también valoraron su satisfacción general con la vida.
El patrón fue consistente: cuanto más había usado Facebook una persona en el intervalo entre dos mensajes, peor decía sentirse en el mensaje siguiente. Y cuanto más había usado Facebook en conjunto a lo largo de las dos semanas, más había bajado su satisfacción con la vida al final del estudio. El efecto se sostenía después de controlar variables como el tamaño de la red de amistades, el apoyo social percibido o el nivel de depresión de partida.
El mecanismo: el problema no es hablar con gente, es mirar sin hablar
El dato que evita la lectura simplista de que las redes sociales son malas por definición es este: interactuar directamente con otras personas, incluida la interacción a través del propio Facebook (mensajes privados, comentarios dirigidos a alguien), no predijo ningún descenso del ánimo. De hecho, la interacción social directa predijo sentirse mejor con el tiempo. El malestar se asoció de forma específica al uso pasivo: desplazarse por publicaciones ajenas sin producir ni responder nada.
Kross lo interpreta como una forma de comparación social pasiva: consumir el resumen editado de las vidas de otras personas, sin el contrapeso de una interacción real que lo matice, deja a quien mira con una sensación de estar quedándose atrás. La red social no funciona como un sustituto del contacto humano. Funciona peor cuanto más se usa como sustituto en vez de como canal.
«En vez de mejorar el bienestar, tal y como sugiere su enorme popularidad, el uso de Facebook predice el efecto contrario: mina el bienestar momento a momento y con el paso del tiempo.»
Ethan Kross
Si notas que salir de Facebook o Instagram te deja con peor ánimo del que tenías al entrar, este estudio sugiere revisar no cuánto tiempo pasas ahí, sino qué haces mientras tanto: responder a alguien concreto o comentar algo con intención parece no tener el mismo coste que desplazarte sin interactuar durante el mismo rato.