Thomas Gilovich, Robert Vallone y Amos Tversky partieron de una creencia casi universal entre jugadores, entrenadores y aficionados al baloncesto: que un jugador que ha encestado sus últimos lanzamientos tiene más probabilidades de encestar el siguiente, la llamada "mano caliente". Antes de analizar un solo dato, encuestaron a aficionados: el 91% estuvo de acuerdo en que un jugador tiene más probabilidades de acertar después de haber encestado sus dos o tres tiros anteriores que después de haberlos fallado.
El experimento: temporadas enteras de tiros bajo el microscopio
El equipo analizó los datos de tiros de campo de los Philadelphia 76ers durante una temporada, los tiros libres de los Boston Celtics, y organizó además un experimento controlado con jugadores universitarios de Cornell, que lanzaron 100 tiros cada uno en condiciones idénticas, sin defensa ni presión de partido, para eliminar cualquier explicación alternativa relacionada con la selección de tiro o la presión del rival.
En los tres conjuntos de datos, la secuencia de aciertos y fallos resultó estadísticamente indistinguible de una secuencia generada por lanzar una moneda al aire de forma repetida: la probabilidad de encestar tras una racha de aciertos no era mayor que la probabilidad de encestar tras una racha de fallos. La racha caliente que el 91% de los aficionados daba por hecha no aparecía en los números.
El mecanismo: el cerebro detecta patrones incluso donde no los hay
Gilovich, Vallone y Tversky explicaron la discrepancia con un sesgo de percepción de la aleatoriedad: la mente humana subestima sistemáticamente cuántas rachas largas produce el puro azar, y por eso interpreta las rachas normales de una secuencia aleatoria como si fueran una señal de un estado interno cambiante del jugador, en vez de una fluctuación estadística esperable. Ver cuatro aciertos seguidos "parece" significar algo, aunque cuatro aciertos seguidos ocurran con normalidad en cualquier secuencia suficientemente larga de sucesos con la misma probabilidad.
Conviene añadir un matiz honesto: el debate no se cerró en 1985. Análisis estadísticos posteriores, en particular de Joshua Miller y Adam Sanjurjo (2018), identificaron un sesgo metodológico sutil en cómo se calculaban las probabilidades condicionadas del estudio original, y al corregirlo reaparece una pequeña pero real tendencia hacia la mano caliente en algunos conjuntos de datos. La conclusión más prudente hoy no es "la mano caliente es un mito" sino que, si existe, es mucho más débil de lo que la intuición del 91% de los aficionados sugiere.
«La gente detecta patrones en secuencias aleatorias con la misma facilidad con la que los detecta en secuencias que sí contienen un patrón real.»
Thomas Gilovich
La próxima vez que sientas que algo (un jugador, una inversión, una máquina) está "en racha", pregúntate cuántas rachas de esa longitud esperarías ver solo por azar en una secuencia tan larga como la que estás observando. Casi siempre son más de las que la intuición calcula, y eso no significa que las rachas no existan nunca: significa que hace falta más que una racha corta para probarlo.