Jordan Troisi y Shira Gabriel partieron de una pregunta que rara vez se investiga con rigor experimental: cuando alguien dice que un plato le "reconforta", ¿es solo una forma de hablar, o esa comida está activando de verdad algo relacionado con vínculos sociales, no solo con el sabor o la nutrición?
El experimento: la sopa de pollo y las palabras que vienen a la mente
En un primer experimento, pidieron a los participantes que pensaran en una comida reconfortante o en una comida neutral y familiar, y después midieron con tareas de completar palabras cuánto se activaban conceptos relacionados con relaciones cercanas (amigo, familia, cariño) frente a conceptos sin relación con vínculos. Pensar en comida reconfortante activó esos conceptos relacionales con más fuerza que pensar en cualquier otra comida igual de familiar.
En un segundo experimento, indujeron en los participantes un sentimiento de exclusión social pidiéndoles que escribieran sobre un momento en que se habían sentido rechazados. Después medían su nivel de soledad, en algunos casos tras haber comido o pensado en su comida reconfortante habitual. El efecto protector solo apareció con claridad en personas con un estilo de apego seguro en sus relaciones cercanas: para ellas, la comida reconfortante amortiguó el aumento de soledad tras el rechazo. En personas con apego inseguro, ese efecto amortiguador no se replicó del mismo modo.
El mecanismo: comida asociada a relaciones, no solo a nutrientes
Troisi y Gabriel proponen que muchas comidas reconfortantes lo son porque se asociaron, durante la infancia o en momentos significativos, a la presencia de personas cercanas que las prepararon o compartieron. Esa asociación queda codificada de forma parecida a cómo se codifica el recuerdo de una relación: comer ese plato reactiva, en parte, la sensación de estar acompañado, incluso cuando se come completamente solo.
La condición del apego seguro es clave para entender por qué el efecto no es universal: si la historia de relaciones cercanas de una persona ha sido en general fiable y protectora, la comida asociada a esas relaciones puede evocar de forma efectiva esa sensación de seguridad. Si la historia relacional ha sido más inestable, la misma comida no tiene el mismo material afectivo positivo del que tirar.
«La comida reconfortante no calma solo el estómago. Activa el mismo sistema psicológico que se activa cuando estamos rodeados de las personas que nos importan.»
Shira Gabriel
Si recurres a una comida reconfortante en un momento de soledad, vale la pena notar de qué relación concreta viene ese plato (quién te lo preparaba, con quién lo compartías) en vez de comerlo de forma automática. Nombrar esa asociación puede ser tan importante para el efecto como la comida misma, y además abre la puerta a buscar esa conexión de forma más directa, no solo a través del plato.