Andrew Geier, Paul Rozin y Gheorghe Doros sospechaban que buena parte de cuánto comemos no depende del hambre ni del peso real de la comida disponible, sino de algo más simple: cuántas unidades separadas de esa comida tenemos delante. Para comprobarlo, diseñaron tres estudios de campo con comida real, ofrecida gratis, en situaciones cotidianas.
El experimento: los mismos pretzels, cortados o enteros, semana sí y semana no
En el portal de un edificio de apartamentos, dejaban regularmente pretzels grandes a disposición de los vecinos, tres días por semana durante doce semanas. En unas semanas, los pretzels se servían enteros, unos 85 gramos cada uno; en otras, exactamente los mismos pretzels se cortaban por la mitad antes de servirse, duplicando el número de piezas disponibles pero sin cambiar la cantidad total de masa puesta en el mostrador cada día.
Los vecinos comieron sistemáticamente más peso de pretzel en las semanas en que estaban cortados por la mitad que en las semanas en que estaban enteros, con una proporción media de ingesta un 69% mayor. Un experimento paralelo con un bol de M&M's a la entrada del mismo edificio, servido con una cuchara pequeña o con una cuchara cuatro veces más grande, mostró el mismo patrón: con la cuchara grande, la gente se servía y comía significativamente más chocolate que con la pequeña, aunque ambas cucharas estaban disponibles sin límite de repeticiones.
El mecanismo: una unidad se percibe como "la ración correcta", sea del tamaño que sea
Geier, Rozin y Doros llamaron a este patrón "sesgo de unidad": la mente tiende a tratar una unidad discreta de un alimento (un pretzel entero, una cucharada) como si fuera, por definición, la cantidad apropiada para consumir de una vez, sin relación con su tamaño real. Cuando el pretzel se corta por la mitad, cada mitad sigue leyéndose como "una unidad más" que resulta razonable comer, así que la gente termina tomando más unidades pequeñas de las que habría tomado unidades grandes.
La implicación es prácticamente la contraria de la intuición habitual sobre raciones más pequeñas: trocear la comida no reduce automáticamente lo que se come, puede aumentarlo, porque multiplica el número de raciones aparentemente correctas disponibles. El efecto no dependía del hambre ni de cuánta gente pasaba por el edificio cada día, se repitió de forma consistente en los tres alimentos probados.
«La cantidad de comida que la gente selecciona aumenta cuando aumenta el tamaño de la unidad, pero trocear una unidad grande en varias pequeñas no reduce la ingesta: puede incluso aumentarla.»
Paul Rozin
Si intentas comer menos de algo trocéandolo en piezas más pequeñas, este estudio sugiere revisar esa estrategia: lo que de verdad reduce la ingesta es limitar cuántas unidades tienes accesibles a la vez, no el tamaño de cada una. Servir una sola ración predefinida y guardar el resto fuera de la vista funciona mejor que dejar disponible un montón de piezas pequeñas, por pequeñas que sean.